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HISTORIAS DEL OTRO LADO- O DE UN CUENTO DE HADAS DE LA VIDA COTIDIANA

  • Foto del escritor: Mónica Carrasco García
    Mónica Carrasco García
  • 19 abr 2023
  • 17 Min. de lectura

Es un algo hipnótico observar cómo el tiempo causa estragos en la apariencia física de los objetos.

En algunos espejos, su edad se manifiesta a través de sus manchas: lunares que asoman por la superficie metálica, más opaca, ya, que reflectante; como en el caso del óvalo que corona el conjunto de aseo con palangana que se halla en la esquina opuesta a la ventana de la habitación, perfectamente encajada en su soporte de madera y colgada sobre su respectiva jofaina.

Hay objetos, sin embargo, que se conservan, siempre, tal cuál fueron en otras épocas; permanecen estáticos, incólumes: al igual que algunas personas; son impermeables a cualquier acontecimiento que pudiera ocurrir a su alrededor y se mantienen impertérritos ante cualquier circunstancia, preservando, así, intacta, la esencia del entorno al que pertenecen.

A pesar de su escasa utilidad ya, en un mundo materialista y acumulador, estos objetos, son una entidad valiosa para el mundo del espíritu, adquiriendo, con el paso de los años, la asombrosa capacidad de retrotraerte a épocas pretéritas y de evocar situaciones, lugares o personas: aquellas, a las que quizás, ni siquiera hemos conocido.

Su efecto en el alma, además, es un analgésico eficaz y un bálsamo poderoso para las dolencias de las emociones. Transportándote a sus lugares de procedencia, consiguen trasladar junto a ellos todos tus temores; hasta esa orilla de un mundo, ya inexistente, del que proceden: el de los valles remotos del recuerdo, con sus ondulantes montañas y colinas de la memoria.

Por eso, al entrar en la habitación más grande de nuestro viejo caserón se me antoja atractivo, incluso el aire cargado de polvo que se filtra por entre los intersticios de las vigas de madera, raídas, por la carcoma. La mera inhalación de este olor a cerrado mezclado con la intensidad indescifrable de la naftalina y los restos de humedad, apacigua las revueltas dunas de los numerosos quehaceres y pormenores de la vida cotidiana para ofrecerte, con su olor, un oasis terapéutico de paz. Siempre y cuando y, para todos aquellos, claro, que estén dispuestos a encontrarle el significado y a dejarse seducir por esta “delicatessen” que se cuela por las puertas de los sentidos.

Al quedar ensimismado con este pensamiento, mi vista se posa sobre los cajones de un sinfonier que hay junto a la puerta y, queda atrapada como una mosca en los restos de tela de araña que penden de sus esquinas, y que cubren hasta los asideros metálicos del primero de ellos; lejos de desmerecerlos, les dota, como una red invisible, de un carácter solemne de sello de lacra, aún sin desprecintar y, que, chirrían y se resisten a dejarse abrir, como una hembra virgen intenta evitar la embestida final.

Llenos de objetos: cruces de distintos tamaños, un libro de cuentas, varias agenditas pequeñas, de bolsillo, en las que puedes encontrar anotadas pequeñas frases ininteligibles, en páginas sueltas, y que parecen escritas por alguien que sufre una profunda crisis nerviosa, o, un enfermo terminal que hace un esfuerzo titánico por transmitir su última voluntad, cuando, la realidad, es que se trata de alguien, quizás no tan mayor, que a duras penas ha conseguido acudir varias jornadas seguidas, durante unos pocos años, al colegio; también hay un rosario, enclaustrado en el seno de un diminuta cajita que desprende un ligero olor a lavanda y una especie de costurero transparente y muy pequeño, dónde se amontonan toda suerte de cachivaches sueltos aretes metálicos para fijar las cortinas a la barra, imperdibles, botones, algunas horquillas y también un par de alfileres (aparte, de algún que otro abalorio que, suelto hoy, formó parte algún día, quizás, de algún collar).

Resalta, ahora, gracias al brillo que imprime sobre ella un inesperado haz de luz que aparece desde las grietas abiertas en el techo, y que proceden, sin duda, de una vieja habitación abuhardillada que hay en el piso superior, una fotografía de época que rescata, así, del olvido a sus personajes; como una llamada perdida, desde un plano ulterior, de algún espectro pasado. Es una pareja, muy seria, que mira fijamente al objetivo de su cámara en blanco y negro y, que, como una ventana en el tiempo, ofrece un pasadizo secreto, magnético y subyugante a cuyo espacio interior, eres arrastrado velozmente; antes, incluso, de que hayas sido consciente de que ya no eres de dueño de tu voluntad, para pensar, siquiera en evitarlo.

Después de algún lapso de tiempo que me es imposible precisar, me saca, sin embargo, de mi ensimismamiento, un sentido aún más poderoso que el que apresaba mi mente difusa, que divagaba, ya, con historias de antaño al contemplar la foto y, que también va liderada por uno de nuestros sentidos: el gusto.

Mi estomago, me informa certero, con un ruidillo medio ahogado de carraca vacía y, al que secunda una abundante insalivación, de que, siendo ya pasada más de la media tarde sin haber ingerido alimento alguno, es preciso ya, alimentar, también, el cuerpo y, comer algo.

Como la casa estaba totalmente desatendida y ha estado deshabitada desde que mi padre, su único hijo, la recibió en herencia por parte de mi abuelo, era de esperar que hubiese que hacerle una puesta a punto completa, en lo que a electrodomésticos, se refiere: habrá que conformarse, de momento, con la fresquera, la despensa, la cocina de gas y poco más; al menos, tenemos un frigorífico, que acabo de conectar a la red y algunas latas de conservas, leche y pan que he traído desde la ciudad, hasta que la cocina esté algo más acondicionada y pueda salir a comprar; y, desde luego, cocinar: para comer en caliente, por lo menos, de vez en cuando.

Reviso la bolsa con víveres que he traído desde Madrid y decido que me comeré una lata de garbanzos, ya preparados, sin imaginarme, ni por instante, lo que iba a ocurrir: al tirar de la anilla, queda, ante mi estupor , enganchada en mi dedo, lo que me obliga a buscar un abrelatas (del que , por supuesto, no dispongo) para poder obtener el ansiado contenido; así que, no me queda más remedio que hacer uso del consabido truco del mortero con el cuchillo: un cuchillo herrumbroso, pero afilado que aparece, tras buscar en un cajón, y que debió cumplir alguna vez, su cometido. En este preciso instante, me conformo con que tenga la punta lo suficientemente afilada y diestra como para hundirse en la lata y hacer de ariete.

Mientras me afano concienzudamente en este empeño, me asalta un pensamiento amargo acerca de lo duro que será acostumbrarme a vivir de esta manera y, tan lejos de la ciudad; aunque, bien pensado, agradezco a todas a aquellas personas que me han abocado a esta situación, con sus vilezas, el haberme permitido tomar hoy esta decisión: la perdida del empleo, un trabajo

de Técnico de Sistemas, en el que comencé, tras terminar la carrera y que, sorprendentemente ya no dura hasta el día de hoy gracias a una decisión arbitraria de una instancia superior ( que más bien parecía tratarse de un ajuste cuentas de la mafia, que de un verdadero recorte de personal) y que, al dejarme sin ingresos, ni porvenir, a corto plazo, al menos, me han obligado a tomar una decisión inmediata; Drástica, pero sensata, según mi parecer: la de trasladarme a vivir, temporalmente, al pueblo de provincias, del que mi familia paterna es oriunda y, del que, dispongo la casa: vieja, sucia, sí, pero libre de cargas. He decidido, asimismo, y, de forma radical, también, prescindir y apartar de mi vida a todas aquellas personas, que padecen de una severa y crónica insatisfacción; Su permanente estado de desazón, impregna todo lo que tocan y, tienden a dejar a la mitad todo lo que emprenden, arrostrando a aquellos implicados en sus proyectos a un repentino e inesperado final. Evidenciando, más que nada, su incapacidad psicológica para hacerle frente y superponerse, al fin, al verdadero mal que les aqueja en la realidad de la alcoba de sus vidas privadas, y que, a modo de catarsis, su psique libera, a través de su repetición traumática.

Entretenido, en demasía, en este lacónico, aunque positivo, en conclusión, hilo de pensamiento, me asalta un dolor profundo; un penetrante desgarro, seguido de borbotones de sangre (que habían dispuesto, ya, de rojo, la parte de mantel que quedaba limpia sobre la mesa) previo a constatar, que, aquel material con el que forcejeaba, había dejado de ser el metal de la lata, algunos momentos atrás, para convertirse en el músculo y la piel de mi dedo pulgar derecho. Más asustado que herido, me deslizo a toda prisa escaleras abajo, hacia lugar, al que, a la entrada del pueblo me había parecido ser, algo así cómo una farmacia antigua, para preguntar por un médico, una, enfermera, o en fin: alguien que pudiera poner fin a la hemorragia y, al pánico que me aquejaba, por partes iguales.

Nada más traspasar el umbral de la puerta, de un espacio abierto y despejado como una nevera sin fondo, me asombran, por este orden: el olor tan penetrante a caramelos de miel con romero, y, la juventud y atractivo de la chica que sale a atenderme al otro lado del mostrador: sin esperar a que le explique, y haciéndose cargo de mi urgencia con tan sólo un vistazo, me invita a pasar a un cuartito trasero, dónde dispone de camilla y algunos materiales médicos y quirúrgicos para la realización de todo tipo de curas.

Me pide que me siente, mientras me presiona el dedo, con las dos manos, y yo, aguanto con resignación el intensísimo dolor que sucede a los desinfectantes. Cuando lava, cose y venda mi herida, me quedo embelesado mirando cómo me aplica los primeros cuidados con paciencia y abnegación. Su rostro no muestra al hacerlo ningún tipo de expresión de repulsa, ni mucho menos; más al contrario: se entretiene con delicadeza y exquisitez en cada uno de los pasos de sus precisos cuidados; como un artista, revisa, repasa, y se solaza en su obra, observándola desde cada uno de los ángulos para constatar, con el ánimo perfeccionista del creador, cómo ha quedado.

Me pregunta, al fin, cómo ha ocurrido todo y cuál es el tipo de objeto con el que me he cortado: al describirle la acción, con la lata y el cuchillo y el estado de este último, me asegura que no va a arriesgarse a que pueda contraer alguna infección y que, ante la duda, me aplicará dos dosis de vacuna anti-tetánica. Eso sí: ahora debo irme casa, no sin antes recetarme algunos analgésicos y otros tantos anti-inflamatorios. Me empuja, gentilmente, hacía la puerta y, con un gesto amable, pero firme, me indica que debo volver mañana, sobre la misma hora, para saber cómo ha evolucionado la herida y, qué medidas, habrá que aplicar. Con una mirada intensa y escrutadora, acompañada de una ligera sonrisa, vigila alejarse mis pasos con curiosa atención, al tiempo que finge colocar el cartel de cerrado, sobre la puerta de entrada; a lo cuál, dedica un tiempo mucho mayor, de lo que, a mi parecer, pudiera necesitar una acción tan simple....

Tan aturdido cómo sorprendido por la manera absurda e inesperada en la que, en tan sólo un momento, pueden truncarse todos tus planes y, por cómo, lo que prometía ser una tarde tranquila dedicada a las tareas domésticas (con su correspondiente toque reflexivo y de recogimiento interior) se ha convertido, en un instante, en una vorágine de acontecimientos imprevistos y de nuevos e interesantes encuentros, entro, con mi dedo completamente, vendado, a lo que será, a partir de ahora, mi nuevo hogar.

A pesar de mis intentos, y de la multitud de pastillas de las que dispongo para conciliar el sueño, no consigo completar, en total, ni una hora de descanso en toda la noche; el dedo, no parece presentar ninguna mejoría: me pica y escuece de forma constante, a lo que, además, hay que añadir, que se ha empeñado en latir, con vida propia.

Saco, nervioso, de mi cartera, una tarjetita que la Farmacéutica deslizó en mi bolsillo para que la llamase, por si ocurría alguna urgencia....

Después de mirar su contenido una y otra vez (símbolo de la copa y la serpiente enroscada, seguido del nombre del establecimiento “Farmacia de la Buenaventura”) decido no marcar el teléfono fijo que viene debajo, junto al nombre de ella: “Clara Mestres Telvén” TLF.....

Sería una absoluta imprudencia llamar a estas horas de la noche y, más sabiendo que en realidad, el tratamiento está siguiendo su curso y no existe ninguna anomalía que justificase mi llamada a una hora tan intempestiva.

Reprimo mi primer impulso, guardando la tarjeta en el mismo sitio de mi cartera, y, con la preocupación, no ya en mi dedo, sino en mi mente: ¿por qué se me ocurren unas ideas tan extrañas desde ayer por la tarde?; ¿a qué vienen esos impulsos de llamar en mitad de la noche a una completa desconocida?; ¿ habré perdido la razón?

Este pensamiento recurrente, me turba aún más y me intranquiliza hasta el punto, de creer no ser capaz de conciliar el sueño en toda la noche: eso significaría entonces, la excusa perfecta para poder contactar con Clara. Necesito un ansiolítico que me ayude a descansar.

Y me sorprendo así, a mí mismo, intentando buscar una y otra vez, un motivo que justifique hablar con ella antes del alba.

Decidido a asearme, cueste lo que cueste y, teniendo siempre presente que debo volver a la clínica otra vez, mañana, pienso en la oportunidad de tomar un baño; lo que, además de asegurarme un apropiado olor e higiene personal, tendrá un efecto altamente terapéutico y relajante. A ver si de esta forma,

consigo olvidarme de ella, templar mis nervios, y poder descansar, aunque sea algunas horas, en paz.

Me meto en la cama, dispuesto a dormirme y a dejarme mecer por el aroma y tersura de las sábanas recién estrenadas: su olor a limpio, inspirado en los bosques de cedros, con su olor amaderado mezcla de musk y pachuli que patrocina mi suavizante, cautiva mis sentidos, logra lo que no han conseguido ansiolíticos y tranquilizantes y aprisiona la voluntad de mi cerebro, una vez más; siempre tan susceptible a los poderes de la aromaterapia.

Sueño que corro en un bosque descalzo, una tarde tranquila, con un sol poniente en la lejanía: rodeado de flores y luz.

Una chica se acerca caminando, va cantando y lleva un sombrero de paja en la mano; también va descalza y se contonea tranquila, coqueteando despreocupadamente con el tiempo y el aire que juegan con sus ropas y ondean su pelo. De repente, la brillante y tibia luz del ocaso vespertino se torna en un frío y blanco cielo de hielo. El aire cálido y galante, se vuelve intenso y violento y un grave estruendo sacude la bóveda celeste, anunciando de forma inminente que va a llover.

El ambiente se hace gélido y siniestro: una bandada de cuervos graznando, huye volando y nos separa en una cuerda imaginaria de plumas y sombras asustada tanto por la furia de la naturaleza, como por un histriónico espantapájaros sonriente colocado ex profeso en mitad de los campos en mies.

La chica de las flores, comienza a desvanecerse y en su rostro espectral me parece encontrar un enorme similitud con la mujer que había en fotografía en blanco y negro que encontré en la mesilla; entonces, mis manos, mis ropas y mis pies, comienzan también a desvanecerse y, en la orilla del río mi imagen se difumina, como la aquél hombre que había a su lado en el retrato...

Ante esa visión, me despierto aterrado: sentado en la cama y mirando a mi alrededor, compruebo que todo ha sido un mal sueño: la consecuencia natural de la mala digestión y el empacho psicológico de las altas dosis de pasado genealógico de la tarde anterior.

Miro el reloj: son las cinco menos veinte de la madrugada. Todavía es demasiado pronto para levantarse y queda tiempo más que suficiente para aprovechar lo que queda de noche antes de que los primeros haces de luz de la aurora irrumpan en los cristales con su impertinente alborada. Me levanto a cerrar las cortinas y, vuelvo contento a la cama, sabedor, ahora, de que todo ha sido una pesadilla y, también, por constatar que me he quedado dormido plácidamente, durante algunas horas. Es el momento perfecto para sumergirse, unas cuántas vueltas de aguja más, en los brazos de Morfeo.

Intento volver a concentrarme en la agradable sensación y la fragancia que se desprende al roce con las sábanas, pero mi cuerpo, algo más descansado que al principio, se resiste a caer en la atractiva sensación narcótica que precede al sueño.

Tras dar algunas vueltas, procuro centrar mi atención en todo lo positivo que me ha ocurrido durante mi llegada al pueblo, pero, después de tantos avatares como he dejado atrás, tan sólo se me aparece Clara, en este apartado y, claro, ante el peligro de volver a entrar en la espiral de nervios y desatinos del día anterior, me inclino a pensar que mejor será evitar meter a la farmaceútica de nuevo, en mis pensamientos.

Intento visualizar ilusiones y proyectos con los que entretener la mente, pero sorprendentemente, encuentro este apartado completamente vacío y, es cuando reparo, entonces en la necesidad que tengo de proyectarme hacía adelante y de idear cuánto antes un buen plan de futuro. Esta revelación anticipada, sobre mi falta de previsión ante los tiempos venideros, es, claro, cuánto menos inoportuna y poco tranquilizadora, en este momento. Lo más adecuado será entonces, contar ovejas.

Exactamente, el tónico ideal que mis nervios necesitan.

Al llegar a la Farmacia, Clara, que así es cómo me ha dicho que se llama, no sin cierta sorna, (y, al verme desconcertado y titubeante en la puerta preguntarle a una señora que pasaba) me indica que entre al cuartito que hace la veces de clínica de campaña y, que espere allí sentado, hasta que ella termine de atender a los últimos clientes y pueda, por fin, cerrar la farmacia.

No se sí será cosa de mi imaginación, trastornada ya, la pobre, ante tanto cambio inesperado, pero se me antoja que, Clara, va mucho más maquillada que ayer e, incluso, juraría, que me ha parecido percibir, un intenso olor a perfume: amaderado y almizclero. Muy en consonancia con el que se desprende de mi ropa de cama.

Instantes después de oír el tintineo de las llaves al tropezar varias veces con la cerradura de la puerta, aparece Clara pidiéndome, con ternura, que le enseñe el dedo: al comprobar, que la hinchazón no ha bajado y tras mi relato de la noche anterior, concluye que será necesario aplicar, al menos, una dosis de vacuna anti-tetánica para evitar infecciones y, que, para ello, será preciso avisar al Doctor.

Después de una consulta telefónica, rápida y breve, se acerca a una pequeña nevera y extrae un diminuto frasco al que acompaña con una jeringa; me pide que me suba la manga de la camisa y, finaliza su función, aplicando alcohol con una muesca de algodón. “Ya está”, espeta con garbo. “Ya no hay riesgo alguno de que la cosa se complique: puedes irte a casa”. Me indica guiñándome un ojo.

Después de agradecerle encarecidamente sus atenciones con descarado coqueteo y otro tanto de decepción, al tener que marcharme tan pronto, me acerco al mostrador echando mano al bolsillo (dispuesto a pagar lo que sea que me digan que se debe) cuando, verifico, horrorizado, que las llaves de mi casa, no ofrecen, extrañamente, y cómo hacen siempre ninguna oposición ni forcejeo a que obtenga mis billetes, como de costumbre

(y motivo por el cuál tengo rotos todos los forros de los bolsillos de mis pantalones); sencillamente, porque no están allí.

No tengo la menor duda de que mi rostro, da muestra fidedigna de la estupefacción que me embarga en ese momento, pues Clara espectadora obligada y, en primera línea de tan embarazosa situación, me pide que le explique, con gesto de preocupación qué es lo que me ocurre.

Cuando le cuento que me he debido dejar las llaves en casa, porque no aparecen en el bolsillo del pantalón, ésta, prorrumpe en una sonora carcajada, de la que le cuesta, al menos, cinco minutos reponerse. Me responde, con aire filosófico de marisabidilla antigua, que ha oído y ve, a diario, dramas mucho más graves.

Como todavía no se ha puesto el Sol y hay confianza entre las gentes del pueblo, me sugiere acompañarme a la ferretería, mientras bromea con la posibilidad de dejarse la llaves dentro de la Farmacia para ver si encontramos al cerrajero libre allí, y que así pueda venir a ayudarnos a abrir la puerta. Sin disimular la risa que le provoca este enredo, me explica por el camino que hace relativamente poco tiempo que ella ha abierto su negocio, que tampoco es oriunda de esta localidad y que comprende, por ese motivo, lo que se siente al tener un percance de esta naturaleza cuando eres un recién llegado y no sabes a quién recurrir. Nada, en cualquier caso, argülle, siempre risueña y positiva, que no se pueda arreglar.

Aunque valoro su buena intención y su compañía es más que agradable, no consigue disipar mis temores sobre la posibilidad de abrir la puerta y entrar en condiciones de normalidad esa misma noche.

Como si hubiese adivinado mis pensamientos, me explica que es una gran suerte, en estas circunstancias que la cerradura, y, la puerta, en general, se hubiesen cambiado el año anterior y no conservasen la estética habitual de los pueblos, ya que de lo contrario, intentar forzar una cerradura antigua, con los tradicionales llaverones y aldabas, que tienen las robustas puertas de madera de las casas rurales, hubiese sido un auténtico suplicio.

Cuando llegamos a la puerta de la cerrajería, encontramos allí, a una mujer de mediana edad, vuelta de espaldas y cerrando el candado del cierre de unas verjas metálicas que rodean la fachada central del negocio. Contrariamente, a cómo suele suceder en las aldeas o núcleos pequeños de población cómo en el estamos ahora, la mujer, se muestra hosca y un tanto molesta; se mueve rápido y se niega obstinadamente a mirarnos a la cara de forma directa, señales inequívocas, de forma general, de que nos oculta algo, o, cómo en este caso, de que desea desesperadamente librarse de nosotros, sin dar pie ni ocasión a que podamos, en forma alguna interactuar con ella.

Haciendo caso omiso de las señales que nos manda la ferretera, Clara la aborda directamente, aunque con cordialidad y le explica el aprieto que nos lleva hasta su puerta; un poco más abierta y amable, nos indica que su hermano no está y que no llegará hasta el día siguiente por la tarde, ya que ha tenido a atender otra emergencia en el pueblo de al lado, y, es el único que realiza las guardias para el resto del pueblos del contorno. Pero que le mandará a mi casa, tan pronto le vea llegar.

Ante la confirmación de todos mis temores, Vanessa sale al paso rotunda, y me pregunta sin tengo hambre: ha caído ya la noche y no es momento para rondas, ni para quedarse divagando a deambular por el pueblo. Lo mejor será volver a la Farmacia, Preparar algo de cena y, ya después, podremos pensar.

Si la cosa se pone fea y, en último extremo, podría quedarme a dormir en el sofá del salón. Me sugiere mientras abre de vuelta la puerta de la farmacia: lo importante, ahora, es que mientras el cerrajero esté fuera y hasta que llegue, tenga un sitio seguro dónde poder descansar.

Me explica que vive sola en el piso de arriba, encima de la Farmacia: en un edificio de doble planta, que aúna, así, vivienda y negocio; como suele ocurrir en los pueblos con este tipo de establecimientos.

La cena es sencilla y ligera: con un menú sin planificar y un tanto caótica, como cabría esperarse en este tipo de situaciones, pero abundante en anécdotas y carcajadas, plagada de coincidencias y vivencias comunes y regada con varias botellas de un afrutado y gustoso vino local, que ameniza nuestra improvisada velada.

Al inicio de los postres, consistente en un colosal frutero de loza cargado con exuberantes piezas de la tierra, me ofrece café y prepara el sofá dónde voy a pasar la noche, con varias sabanas y una almohada con las que viene cargada desde la estancia contigua, y, de la que todo indica, debe ser su habitación. –“A no ser, me dice, mientras me clava su mirada intensa, un brillo profundo de negritud infinitiva de sima sin fondo, que te lo hayas pensado mejor”

“No sé bien a qué te refieres”, le contesto intuyendo, que en realidad, sí que soy consciente de lo que me está pidiendo: -“¿Acaso existe otra opción?......................

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Es increíble, cómo, en el lapso de una semana, lo que parecía estable se convierte en pasado y, lo que era un proyecto inseguro y desdibujado, se perfile ahora cómo una más que posible realidad; cómo una pérdida, un despido, un final, puede tornarse insospechadamente, en una ocasión real de futuro: una mejor oportunidad; y no lo digo sólo porque Clara me haya prometido enchufarme en el Ayuntamiento, en el que, casualmente, buscan a un Técnico de Sistemas, que pueda ocuparse de todas las incidencias informáticas del consistorio y edificios Municipales, sino por su propia persona y lo que su hallazgo podría implicar en el plano emocional.

No sólo he visualizado una solución a mis problemas, sino que he encontrado también, un camino adecuado; uno acertado, quizás y, de la forma más inverosímil: sin haberlo premeditado en absoluto.

Parece, así, como si la vida no fuese más que un surtido de oportunidades formado tanto por planes certeros como por acontecimientos inesperados: por nuestras decisiones, las decisiones de otros (mal que nos pese) y por nuestro propio destino, a los que azar otorga a su vez, ser ese complemento excitante de misterio y arbitrariedad (al menos, para algunos..)

O, quizás, se asemeje más a un ramillete de casualidades, o causalidades, (según las creencias de cada cuál) repleto de curiosas paradojas: que, dónde crees que vas a arreglarte el cuerpo, mira y por dónde te enmiendan el alma; que dónde piensas que van a coserte un corte en un dedo, mira y, por dónde, te cauterizan la herida supurante del corazón; que dónde acudes a un lugar inhóspito para huir de la perdida de un pasado, vas y te topas de golpe con un posible porvenir; que dónde te refugias ante la imposibilidad de mantenerte en una casa, mira y por dónde se abren las puertas de un posible hogar; que dónde vas y te adentras por terreno alejado, para huir de un presente que ya no está, va este, y se convierte éste en el lugar más cercano a tu corazón.

Es curioso que tenga uno que mudarse de vida para instalarse en la suya propia y que, dónde vagues perdido y errante, sin saber quién eres y, lo que quieres, exactamente, vayas y vengas a reencontrarte a ti mismo; y precisamente, en el reflejo de un espejo, raído y desvencijado, que traía , ya, al inicio, historias del otro lado.


 
 
 

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